Publicado por marketing El 29 - septiembre - 2015 Sin comentarios

javieraracilArtículo de opinión de www.abc.es

Los ingenieros forman una extraña profesión. Han existido, de una forma u otra, en todas las civilizaciones, desde la antigüedad. Sin embargo, al contrario de lo que sucede con otras profesiones, como la medicina, no han alcanzado el rango de profesión plenamente reconocida hasta épocas relativamente recientes, en realidad hasta el Renacimiento, y aun entonces de forma incipiente. No obstante, los ingenieros tienen un papel dominante entre los forjadores de nuestro mundo «artificial» hecho por y para el hombre.

En el siglo XVIII, al tiempo que se estaba produciendo el asentamiento de la profesión de ingeniero, se promovió el mundo de las Academias, para fomentar el espíritu de libertad e innovación característico de la Ilustración, al que la Universidad de aquellos tiempos no parecía dar cumplida respuesta. Es la misma época en la que se crean las Escuelas de Ingenieros, con una motivación análoga a la de las Academias, aunque en este caso en el ámbito concreto de la formación de los profesionales necesarios para llevar a cabo las profundas transformaciones que propugnaba el Siglo de las Luces, dando prioridad a las actuaciones prácticas y utilitarias. Acaso por estos orígenes paralelos, la ingeniería ha permanecido ajena al mundo de las Academias hasta tiempos muy recientes.

Por lo que respecta a España, es durante la primera mitad del siglo XIX cuando se crean las Escuelas de Ingenieros que aportará ese siglo. Así, en 1802, como herencia del fecundo período ilustrado español, se crea la de Caminos, que posteriormente se clausurará y tras diversas vicisitudes se reabrirá definitivamente en 1835; en ese mismo año se funda la de Minas, con antecedentes en la de Almadén de finales del XVIII; en 1845 y en 1855 se instituyen respectivamente la de Montes y la de Agrónomos; en 1850 se establece el Real Instituto Industrial de Madrid, conjuntamente con Escuelas Industriales en Barcelona, Sevilla, Gijón y Vergara, donde se imparte el nuevo título de ingeniero Industrial.

En el siglo XX aparecen los ingenieros Aeronáuticos, de Telecomunicación e Informáticos. Por su parte, las facultades de ciencias no empiezan a funcionar hasta la ley Moyano, en 1858, por secesión de las de filosofía (antes, en 1844, con la ley Pidal, las ciencias habían alcanzado el rango de Sección en esas facultades), años después de que apareciesen las primeras Escuelas de ingenieros. Es notable que al crearse la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en 1847, la minoría mayoritaria fuera la de ingenieros.

A lo largo del siglo XIX se produce una inevitable especialización que conduce al establecimiento de preceptos distintos para la práctica de la ciencia y la ingeniería. Estos diferentes cánones están presididos, en el caso de la ciencia, por el afán de saciar primariamente la curiosidad que suscita la comprensión del mundo; mientras que los ingenieros se ocupan en primera instancia por la utilidad de sus realizaciones y por su correspondiente implantación social.

A finales del siglo XVIII y durante el XIX, primero los ingenieros, y después los científicos, se profesionalizan de forma independiente, creando sociedades profesionales, publicando revistas especializadas y estableciendo sus propios cánones, pese a mostrar un cierto paralelismo, por lo que a veces las dos actividades se presentan fundidas. A partir de entonces, la persecución de los objetivos característicos de cada grupo profesional empieza a adquirir rasgos marcadamente diversificados y ambos colectivos empieza a discurrir por sendas separadas, aunque no exentas de cierta complementariedad y simbiosis. Esa autonomía en sus fines ha determinado que en la segunda mitad del siglo XX se hayan creado Academias de Ingeniería, ante la necesidad de afirmar, en el ámbito de las Academias, la especificidad y peculiaridades del mundo de los ingenieros, que se resentía de la pretendida subordinación a la ciencia. Así en Espa- ña, en 1994, se crea la Real Academia de Ingeniería cuya necesidad se hacía patente, entre otras cosas, cuando se tiene en cuenta la evolución de la composición de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales desde mediados del siglo XIX.

Algo análogo a lo ocurrido en nuestro país, ha sucedido en otros muchos de nuestro entorno. Así, la National Academy of Engineering norteamericana fue creada en 1964. En Gran Bretaña se funda la Royal Academy of Engineering en 1976. También en Francia, país de tan larga tradición de academias, se establece en el año 2000 la Académie des Technologies, en este caso a partir de la Académie des Sciencies.

En casi todos los países europeos existen Academias de Ingeniería organizadas en torno al EuroCASE (European Council of Applied Sciences and Engineering), del que es participante activo la española. Esta asociación europea es miembro, a su vez, de la asociación mundial CAETS (Council of Academies of Engineering and Technological Sciences), fundada en 1985. La reciente incorporación de la Real Academia de Ingeniería al Instituto de España es un reconocimiento explícito de la especificidad y autonomía de la Ingeniería, al tiempo que augura su fecunda colaboración con el resto de las Academias.

ARTICULO DE OPINIÓN DE JAVIER ARACIL, VICEPRESIDENTE DE LA REAL ACADEMIA DE INGENIERÍA

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page